
Una anécdota que me marcó
Tenía apenas 9 años cuando me enfrenté a uno de los momentos más retadores de mi infancia: hablar por primera vez por micrófono frente a muchas personas. Cursaba quinto grado en el colegio Instituto Jaibaná, y nos habían preparado para una presentación especial en una reunión de padres de familia.

Ese día, mi corazón latía rapidísimo. Recuerdo tener el micrófono en las manos, con las palmas sudorosas, y sentir cómo mis piernas temblaban. Miré al público y me encontré con decenas de ojos fijos en mí. Pensé en salir corriendo, pero no lo hice. Respiré profundo y hablé. Mi voz salió bajita al principio, pero poco a poco fui ganando confianza.
No fue un discurso perfecto, ni mucho menos, pero fue sincero y valiente. Al terminar, muchos aplaudieron. Recuerdo ver a mi mamá sonreír desde su asiento, y esa imagen se quedó grabada en mi memoria.
Esa experiencia me enseñó que los miedos no se vencen de un día para otro, pero se enfrentan dando el primer paso. Desde entonces, cada vez que me ha tocado hablar en público, pienso en esa niña de 9 años que temblaba pero que no se rindió.
Lo recuerdo hasta hoy porque fue la primera vez que sentí que podía superar algo que me paralizaba. Ese momento marcó el inicio de una versión más segura de mí misma, y por eso es una anécdota que siempre llevaré en el corazón porque siempre he sido una persona penosa.